Antes de la Eames Lounge Chair, el lujo en el mobiliario era rígido, serio, incluso distante.
Charles y Ray Eames hicieron algo radical: diseñar una silla de lujo que invitara a relajarse.
Su inspiración no vino de los clubes privados ni de los salones aristocráticos, sino de una imagen cotidiana y profundamente americana: un guante de béisbol usado, blando, acogedor, moldeado por el cuerpo.
La Lounge Chair no pretendía impresionar a primera vista.
Pretendía algo más difícil: hacer sentir bien al que se sentaba.
Fabricada con madera curvada, cuero generoso y una inclinación milimétrica, la pieza fue pensada para un ejecutivo cansado, alguien que volvía a casa después de un día largo y necesitaba descansar sin perder dignidad.

Por primera vez, el diseño moderno aceptaba que el confort también podía ser sofisticado.
La Eames Lounge Chair no es una silla para trabajar ni para recibir visitas formales.
Es una pieza para el final del día.
Para leer sin prisa.
Para escuchar música.
Para estar.
Quizá por eso sigue siendo un icono:
no representa una época, sino un estado de ánimo.




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